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Luis Alberto Schor
Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Amar es dar libertad, esa es la premisa a respetar.
Puedo admitir un Dios creador, lo que no creo es que precise intermediarios.
Si un niño pasa hambre, ese es el infierno, si tus ojos me miran, ese es el cielo.
Para conocer el regocijo del retorno, primero me fuí...
Cuando todo parece acabado, vacío, siempre me quedan tangos y silencios. Entonces elijo.
Si me cortan las alas, floto, floto...no me pueden alcanzar.
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Aquel poema olvidado


Es un desván, territorio de ilusiones, de caos.
Entren, hasta los curiosos son bien recibidos, lo único que les requiero es que no pretendan poner orden


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Cruz de palo, historia de una plegaria



Cruz de palo, historia de una plegaria

  

Quiero que escuchen bien lo que les voy a decir, quiero que me entierren como mi abuelo lo hizo con sus padres en el tiempo del cólera. La débil voz del anciano sonaba autoritaria a pesar del grave estado en que se encontraba, sus familiares más cercanos rodeaban el lecho como si con sus cuerpos pudieran disimular la ausencia del que faltaba. La esposa, sentada en el borde de la cama, sólo repetía lo que su demencia senil le permitía expresar – Papá siempre nos juntaba para hablarnos, papito siempre nos juntaba para hablarnos, como nos retaba papá, pero en el fondo era bueno, me acuerdo que una vez, papá….

Las dos hijas mayores, sus maridos y dos nietos del moribundo, hacían caso omiso de la letanía de la abuela y clavaban los ojos en el pecho de don Atilio que se agitaba vehemente en el esfuerzo por articular palabras y respirar al mismo tiempo, el cáncer de próstata y sus metástasis no son moco e’ pavo en su estadio final.

Oigan bien, insistió Santos, cuando muera, y poco falta para eso, quiero que lleven mis restos bien lejos de aquí, a campo abierto. Ahí cavan en la tierra un hueco como para que entre entero, de no más de medio metro de profundidad, me meten adentro y cubren todo mi cuerpo, por arriba y por abajo, con cal viva mezclada con aserrín, después cubren con ramas. Semejante parrafada le costó más de quince minutos al viejo, pero no cedió hasta terminar.

Los futuros deudos se miraron confusos, pero Santos retomó la palabra antes de que alguno hiciera un comentario.- Si alguien quiere decir alguna oración que lo haga, pero antes claven en la tierra una cruz de palo con mi apellido, nací y muero siendo anarquista, pero…por si acaso…, no se olviden de nada y esto es una orden, no quiero agraviar la tierra que tan generosa me recibe con mis podredumbres y humores, lleven los materiales y algún género, pico y pala, terminé, del todo terminé, se pueden ir.

Todos desalojaron el dormitorio dejando solos a los dos viejos, tan solos como estaban el uno del otro; ya en el comedor, la mayor de las hijas explotó – Papá está loco, es la enfermedad, desde ya que haremos todo cristianamente cuando llegue el momento. Esa misma tarde fue a la parroquia a confesarse y luego de la penitencia le comentó a otras fieles asistentes la última idea del padre, buscaba generar una corriente de apoyo a su traición; la novedad corrió como reguero por todos lados, muchos rieron con las pretensiones del que hasta ayer nomás fuera un vecino respetable con un mal incurable a cuestas…

 

El Chusco estaba limpiando la cocina del penal cuando un guardiacárcel lo anotició del fallecimiento de su padre. Prosiguió pasando la esponja con detergente por la mesada en total silencio y recién después de enjuagar y secar la superficie aún mugrienta, alzó la vista a su interlocutor para decir – Tengo que hablar con el Director, ya!

Fermín Santos, al que hoy apodan Chusco por su fama de guitarrero contador de cuentos verdes, había dejado el pequeño pueblo santafecino a los 13 años para cursar el industrial en Córdoba Capital, hospedado en casa de unos tíos y solventado por don Atilio Santos, su padre. Cuando tuvo el título de técnico mecánico en sus manos, no tardó en entrar a trabajar en una pequeña firma de autopartes ubicada en Río Cuarto; todo marchó bien hasta que las terminales fueron cerrando de a una por trimestre en los tiempos del uno a uno, así fue como pasó a integrar la creciente masa de desocupados, y ya no vivía con los tíos, estaba independizado; luego la desesperación le marcó la ruta y se desgració, una pena compartida por tantos delincuentes generados por un dudoso primer mundo…

 

El local del corralón de materiales Santos, propiedad de Atilio Santos e hijos según rezaba el cartelito que colgaba torcido por falta de dos tornillos en la fachada, o de algún familiar comedido, lucía raro esa noche sin estrellas, las puertas estaban abiertas de par en par y unos cuantos curiosos se entretenían con el rumor de los cuchicheos de los asistentes formalmente invitados para la ocasión y algún que otro colado ansioso por ligar café de arriba. Las paredes, antes blancas, lucían agrisadas por los años y la falta de mantenimiento que provocó la prolongada enfermedad del titular, los hijos políticos se afanaban por recaudar y no pensaban en ninguna reinversión.

La iluminación con velas con la única ayuda de dos candiles y los dos miserables foquitos que enmarcaban una figura de la Virgen de Luján, daban apariencia fantasmagórica a los asistentes y sus sombras débilmente proyectadas sobre las paredes, lo alto del techo daba aún más sensación de penumbra. Parecía un velorio donde varios seres del inframundo hacían coro a un difunto ubicado bien al fondo, casi invisible para el que no se aproximara a menos de dos pasos. Un crucifijo atado a una viga de madera con signos de carcoma y las bolsas de materiales mal apilados por todos lados completaban la escena. No había más de ocho o nueve sillas, así que la mayoría aguantaba de pié. Pero ése había sido el arreglo de las hermanas con la funeraria, lo importante era bajar costos sin perder dignidad por ello…

 

El velorio estaba en lo mejor cuando las sombras vivientes se sintieron observadas por esa otra sombra gigantesca que los observaba desde el umbral. Parecía un cazador eligiendo con frialdad sus presas, un mastín sin ladridos relamiéndose antes de morder esa carne puesta a su disposición. Los murmullos se fueron apagando como si una nube tóxica fuera secando las gargantas y pudriendo las lenguas. Todos miraron al recién llegado y sólo una tía atinó a decir, Fermín!

Si, el Chusco había conseguido permiso por un día en el penal a cambio de prometerle al Director conseguirle a bajo costo cierto polvito blanco que consumía la amante de la autoridad carcelaria. Lo malo es que en la mitad del trayecto entre  la estación de micros y el corralón, un amigo de la infancia lo había anoticiado con el cuento del extraño y loco deseo que el difunto había expresado tan vivamente antes de morir, y parece que al hijo del muertito le disgustó la actitud de su familia al respecto…

 

Obviando hechos para nada edificantes que ocurrieron en el funeral después del arribo del hijo pródigo, y sin abrir juicio sobre lo sucedido y sus posteriores efectos, es que nos encontramos ahora a unos ochenta kilómetros de distancia del pueblo y seis horas después. Una chata destartalada está detenida en un paraje cubierto de arbustos y algunos sauces, casi a orillas del Carcarañá. Es el sitio que el Chusco, o Fermín, eligió para cumplir el deseo de Atilio. Ayudado por el Gurí, un primo lejano, ha cavado el hueco en la tierra, luego ha dispuesto una capa de cal y aserrín sobre el fondo, ha tapado la capa con bolsas de arpillera, colocado el cuerpo empequeñecido por la enfermedad con una sábana de hilo a modo de sudario, volcado sobre el mismo la mezcla funeraria, y ahora, mientras el Gurí busca ramas secas para tapar el improvisado y salvaje túmulo, Fermín se dedica a grabar con su púa carcelaria el apellido paterno en un listón pintado de caoba dos horas antes. Terminado el grabado, el hijo arma la cruz atando con alambre de púa el listón a una gruesa rama arrancada en el camino a un desprevenido aromo; luego empleando el pico y la pala clava el testimonio de la fe en la tierra mirando al cielo.

Cuando el primo termina de tapar todo con ramas, el Chusco hinca sus rodillas en el suelo, y sin dar importancia a sus manos feamente ampolladas por el contacto con la cal, las une y elevando la mirada a las plomizas nubes de ese amanecer, recita su rea pero sincera plegaria: Barbudo, vos que estás tan alto que nunca te pude ver, cuidá a mi viejito, perdoná a mis hermanas y lleváte a mamá con vos. Para mí no pido nada, porque estaría pidiendo algo imposible, pero me gustaría poder oír a mi padre diciendo ¡Hijo, volviste!


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