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Luis Alberto Schor
Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Amar es dar libertad, esa es la premisa a respetar.
Puedo admitir un Dios creador, lo que no creo es que precise intermediarios.
Si un niño pasa hambre, ese es el infierno, si tus ojos me miran, ese es el cielo.
Para conocer el regocijo del retorno, primero me fuí...
Cuando todo parece acabado, vacío, siempre me quedan tangos y silencios. Entonces elijo.
Si me cortan las alas, floto, floto...no me pueden alcanzar.
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Últimos comentarios de este Blog

15/12/12 | 13:03: Luis dice:
Gracias Elena por tu comentario. Cariños
15/12/12 | 10:09: Elena A. Navaro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente tu prosa, poética y bella. Te mando un saludo Elena
21/08/12 | 20:56: Luis dice:
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Es un desván, territorio de ilusiones, de caos.
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Epipremnum aereum



Saliendo de la conferencia con las dos amigas que lo habían invitado a presenciarla, Antonio se apresuró a confesarles que pocas veces se había sentido tan confundido. El discurso relativista del expositor, Patrick Longland, había terminado por poner en tela de juicio nociones que siempre había dado por ciertas. No podía digerir nuevos postulados cuando ellos contradecían lo que los sentidos de una persona le están informando al sujeto. Nadie vió al planeta Tierra caer sobre una piedra cuando ésta ha sido arrojada hacia arriba. Todos ven que la piedra alcanza cierta altura para después caer al suelo. Ese hecho es indiscutible, y así lo había expresado Antonio a viva voz interrumpiendo al disertante. Sin embargo, Longland había relativizado su argumentación con una sonrisa insolente dibujada en la cara. El físico le había planteado una hipótesis aún más perturbadora y desconcertante:

     —Si apareciese en el horizonte una piedra de masa superior que cae atraída por la Tierra, y usted estuviera parado sobre la piedra ¿no vería usted que la Tierra está cayendo sobre su cabeza, estimado señor?— Piénselo bien. Después piense si no sería lo mismo en el caso de una piedra pequeña, a menos que usted crea que existen dos Físicas, una para masas grandes y otra para pequeñas.

Lo más insultante vino luego. Dando de un giro teatral volvió a dirigirse hacia Antonio para decirle con falsa congoja:

    En realidad, el tiempo cambia cuando masas muy grandes están en juego, pero eso queda fuera de sus posibilidades de entendimiento— y dio por terminada la cuestión.

Cuando le recordó estas alternativas a las chicas, Renata le dijo:

    Epa Antonio, tranquilidad. En tu casa lo discutís con Marquitos. ¿Acaso no es el que te quita las dudas? —

Tras despedirse de ellas en la puerta del teatro, Antonio decidió tomar algo fresco en un bar,  de paso, intentaría aclarar sus ideas antes de hablar con Marcos.

Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ir a saludar a Marcos. Para eso llenó una regadera con agua en la cocina y luego se encaminó al living. Marcos se había quedado dormido frente al televisor. De seguro le había pedido a su madre que le dejara encendido el aparato en el canal de música clásica antes de que ella saliera de compras. El tibio sol de la tarde que entraba por el ventanal lo había invitado a dormir y Marcos no se resistía al sueño. La mayor parte de su larga vida había sido un letargo voluntario. Quizás ese era el secreto de su longevidad.

La planta lucía imponente; ocupaba casi la mitad de la mesa. Vestida con hojas de distintos tonos de verdes, las más cercanas al tallo principal casi negras debido a su antigüedad, pero todas brillantes. El fruto de la abnegación de la madre de Antonio que todas las semanas limpiaba y lustraba hojas y tallos.

Marcos despertó al percibir el refrescante contacto del agua. Sus hojas comenzaron a moverse despacio hasta dejar en descubierto boca, ojos y orejas.

Tales órganos tenían el mismo tamaño y aspecto que los de un niño de seis años, a pesar de que él aseveraba que había nacido en el siglo trece. Cuando el potus abrió los ojos Antonio pudo ver que las pupilas grises estaban ligeramente veladas por una película acuosa. Entonces reprendió al vegetal:

—Marquitos, estoy cansado de decirte que no abras los ojos mientras te riego.        Después te quejás cuando tengo que secarlos a soplos—

La voz cascada del vegetal le respondió:

       —Me despertás con brusquedad, entonces, no controlo mi reacción— dijo en medio de un acceso de tos

Marcos siempre tenía respuesta precisa para todo cuestionamiento. Se manifestaba con pocas palabras, dado que su aparato fonador le insumía mucho consumo de energía. Antonio se disponía a recargar la regadera cuando Marcos le pidió:

       —Por favor, poné en el agua bastante azúcar, alumbre, fosfato y dos aspirinas.

       Me duelen mucho los tallos— con voz quejumbrosa.

Luego de alimentar al potus, Antonio se preparó un té y se sentó de cara a Marcos.

Primero tomó dos sorbos de la infusión y luego comenzó a referirle lo ocurrido en la conferencia y la antipatía que le había producido el expositor.

Es difícil imaginarse un potus con expresión de tedio, pero justamente esa apariencia había tomado la faz de Marcos; sus ojos habían perdido brillo, señal clara de aburrimiento. Al finalizar Antonio el relato de sus cuitas, el ser verde pareció recobrar vida y dijo:

       —Toñito ¿el Sol está ahora en la misma posición en la que estaba cuando fuiste a la conferencia?

       —No, ahora está más bajo en el horizonte — respondió el joven.

       —Entonces se movió. Al menos, eso ves desde la Tierra.

       —Sí, no cabe duda— dijo Antonio con cierta rabia.

       —No te enojes. Mejor piensa que hubieras observado de la Tierra si estuvieses viviendo en el Sol ¿No pensarías que este planeta se mueve en ese horizonte, mientras que tú y el Sol están inmóviles?

       —No sé… nunca viví en el Sol— respondió Antonio con tono dubitativo.

       —Ese es tu problema, Toñito. Creer que hay un único sistema de referencia, el tuyo. Y vale para todo y para todos. De ahí, a pensar que si alguien niega tus verdades se trata de un enemigo, hay un pasito. Eso te ocurrió hoy, con Longland.

Y tal vez te ocurra ahora, conmigo.

Antonio quedó en silencio, mirando hacia la ventana. Contrito o avergonzado, intentaba ocultar su mirada ante la planta. Minutos después, volvió a la carga:

       —Marcos, hay algo que nunca te he preguntado ¿Tu especie, cree en Dios?

       —Nosotros no creemos, no amamos. Esas son debilidades del reino animal. Nosotros conocemos. Es un sentido más profundo que el saber y el entendimiento. Somos pertinentes con Dios, aunque ese no es el nombre que le damos; en realidad, no tiene nombre, no se precisan nombres cuando se conoce.

       —Pero tienen una imagen de él ¿o no?— dijo Antonio

       —Cada uno con su imagen; la mía, es la de una gota de agua. No una gota cualquiera, es una gota única, esencial y perfecta, bordes definidos y luz propia. Pero mirá en lo que hemos caído con esta conversación inconducente. Prefiero que pongas música ¿Podría ser Vivaldi? O lo que prefieras, si al fin de cuentas todo es relativo, salvo lo absoluto. Pero esa categoría te es absolutamente ajena…así que hablemos de algo importante. En semanas me saldrá un brote. Deberás plantarlo y cuidarlo. Al día siguiente partiré.

—¿Adonde irás? ¿Por qué ahora? — dijo el joven como sollozando.

—Después de siglos, habrá llegado el momento. Una gota de agua me espera...


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
23/07/11 | 19:26: Luis dice:
Si prometés cuidarlo...
luisschor@gmail.com
 
23/07/11 | 19:20: Stella dice:
Muy bueno. Cómo me gustaría tener en casa un epipremnum aereum de esa clase. Saludos, Stella.
stella.v@hotmail.com
 
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