Home | Blogs | Foros | Registrate | Consultas | Jueves 9 de julio de 2020
Usuario   Clave     Olvidé mi clave
     
Ir a la página de inicioIr a los Blogs
Mi Perfil
Luis Alberto Schor
Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Amar es dar libertad, esa es la premisa a respetar.
Puedo admitir un Dios creador, lo que no creo es que precise intermediarios.
Si un niño pasa hambre, ese es el infierno, si tus ojos me miran, ese es el cielo.
Para conocer el regocijo del retorno, primero me fuí...
Cuando todo parece acabado, vacío, siempre me quedan tangos y silencios. Entonces elijo.
Si me cortan las alas, floto, floto...no me pueden alcanzar.
Archivo de entradas | Mostrar datosDesplegar
Ocultar datos Marzo 2013
El Diablo, la Chingada y el Volcán
Mostrar datos Diciembre 2012
Mostrar datos Septiembre 2012
Mostrar datos Agosto 2012
Mostrar datos Abril 2012
Mostrar datos Marzo 2012
Mostrar datos Febrero 2012
Mostrar datos Enero 2012
Mostrar datos Diciembre 2011
Mostrar datos Noviembre 2011
Mostrar datos Octubre 2011
Mostrar datos Septiembre 2011
Mostrar datos Agosto 2011
Mostrar datos Julio 2011
Mostrar datos Junio 2011
Mostrar datos Mayo 2011
Mostrar datos Abril 2011
Mostrar datos Marzo 2011
Mostrar datos Febrero 2011
Mostrar datos Enero 2011
Mostrar datos Diciembre 2010
Mostrar datos Noviembre 2010
Mostrar datos Octubre 2010
Mostrar datos Septiembre 2010
Mostrar datos Agosto 2010
Entrá a Radio La Quebrada

Últimos comentarios de este Blog

15/12/12 | 13:03: Luis dice:
Gracias Elena por tu comentario. Cariños
15/12/12 | 10:09: Elena A. Navaro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente tu prosa, poética y bella. Te mando un saludo Elena
21/08/12 | 20:56: Luis dice:
Agradezco tus amables conceptos Elena. Luis
Vínculos
Cuerpo imaginario Cuerpo imaginario


Señales en el cielo 


     &nb... Ampliar

Comprar$ 35.00

Escuchá Radio De Tango

Aquel poema olvidado


Es un desván, territorio de ilusiones, de caos.
Entren, hasta los curiosos son bien recibidos, lo único que les requiero es que no pretendan poner orden


Escribí un comentarioEscribí tu comentario Enviá este artículoEnvialo a un amigo Votá este artículoVotá este texto CompartirCompartir Texto al 100% Aumentar texto

La casita



La osadía del amanecer incita un aferrar de almohadas tibias. Las gentes de hartas rutinas se rebelan a abandonar los lechos. Los primeros brazos estiran el desperezo cuando los pies, arrastrando sábanas y cobertores, tiran de las piernas encogidas por sueños estremecidos. La sangre acelera el flujo, los cuerpos se van despidiendo de colchones que les recuerdan en su quejido, la cita sacra de la tardesiesta.

Solar, el cielo renueva su canción pajarera, celebrando en trinos el día recién estrenado. Púrpuras y añiles sobrevuelan los árboles pintados en verde mientras el gris del asfalto espera las pisadas con presunción de ecos. Mañanita clara que golpea puertas y ventanas del poblado, silencios en retirada, odiseas esperando ser vividas.

Así comenzaba la jornada en el pueblo, mirando pasar los autos en la ruta lindante, como si fuesen animales de pelaje diverso que eran arreados por un tropero buscando algún incierto matadero urbano. Y el pueblo tenía una novedad: estaban terminando de pintar la casita aquella. La que habían mandado construir propietarios aún desconocidos por los lugareños, allá en el confín de la última cuadra poblada. El paraje donde, extramuros, la pampa imponía su presencia verdemar. La trinchera de la tierra arisca, raíces resistiendo la invasión del cemento.

En la vereda del frente, una magnolia exhalaba sus aromas por la mera costumbre de perfumar al pampero para que fuese clemente con los hombres y enamorase a las mujeres. Sabia y femenina la magnolia, altiva reinaba ante su corte de tréboles y otros yuyos.

Las paredes de la casita, inauguraban con blanco furioso su historia joven en cuidado contraste con el morado de las tejas a dos aguas. Bajo el alero, también morado, una laja de mármol jaspeado antecedía la puerta de roble que esperaba el brillo del barniz protector. Desde la laja, nacían dos caminitos de piedra finamente molida que, formando un óvalo trunco, confluían en el portón de acceso. Parecían expresar: Bienvenidos sean, por derecha o izquierda.

Y el jardín, la futura cuna de mil flores cuando los foráneos tomaran posesión del predio. Por el momento, un césped incipiente estaba adelantando la tela, esperando que la paleta vegetal pintara el resto del cuadro. La pared oeste tenía, sin sospecharlo, destino de Santa Rita. Rojo desafío al verde infinito de la pampa. Tampoco sabía la magnolia que, traído desde la urbe inmensa, un brote de tipa porteña disputaría alevoso su reinado.

Pero como en todo pueblo sobra tiempo para fantasear, y así fantaseaban muchos de los puebleros ante la próxima llegada de nuevos convecinos: casi sin querer, llegarían tiempos nuevos, los nuevos moradores inundarían la casita con sus vidas. Habría rosas y jazmines en el jardín, voces altas y murmullos dichosos en los cuartos. Se encenderían las hornallas; por las ventanas, olores de guiso alzarían vuelo seduciendo vecinos, clausurando indiferencias. La casita se expresaría y el vecindario tomaría nota de lo que ocurriría. Primero, esa parrilla inaugurada con toda la cuadra presente. Costillas, achuras y vinos quedarían aniquilados al compás cadencioso de los tangos que un anfitrión añoso administraría como si fuesen hostias consagradas. Las mujeres sabrían hacer de las suyas, empanadas y tortas fritas levantando el corazón de los comensales hasta detenerlo a la altura de las gargantas. Una modorra despaciosa y satisfecha caería como lluvia fresca, imponiendo calma en los espíritus. La patrona estaría acomodando en sus jarrones las flores obsequiadas por los finos asistentes cuando, en grupitos jaraneros, éstos comenzaran a retirarse con la certeza de que ya nada sería igual en el pueblo. La casita les traería esa magia entrañable que emana de los colores y olores gratos.

Después habría otras fiestas, visitas de hijos y nietos, amigos llegados desde la lejana ciudad grande, mantenidas a fuerza de guitarras trabajosamente ejecutadas y voces corajudas, animosas para al canto. Ilustres desafinados en expansión libre de culpas, al conjuro de sus vacilantes memorias.

Los habitantes de la casita habrían abandonado la gran urbe, disponiendo así el rumbo final de sus vidas. Buscando refugio en ese pueblo de casitas bajas y silencios altos, como tomando impulso en ese espacio, antes de dar el salto que los devolvería a la tierra. Por eso habían elegido estar cerquita de ella, ya no estaban para grandes esfuerzos. Y la casita sería su trampolín, una nueva plataforma de lanzamiento para viejas vidas. Cuando dieran el salto, quedaría ella, la casita, el testigo del ocaso. El cofre de sus sueños envuelto en aromas de magnolias.

Todo eso podría suceder, imaginaban los pobladores fantaseando sobre los nuevos vecinos. Sería bueno un baño de sangre nueva, aunque llevara décadas dentro de esos cuerpos por llegar. El pueblo necesitaba un motivador que sacudiera el letargo anquilosado tras años de espera silenciosa a la vera de la ruta. La casita todavía en obra era un augurio, un anuncio de las alturas. Se había visto gente parada frente a la construcción, en actitud reconcentrada, casi en oración.

Ya transcurridos amanecer, mañanita clara y tarde fiestera, cuando el velo nocturnal se hizo presente y cada uno apuraba en su casa la cena, reconfortando las fatigas bien ganadas, una sombra se escabulló desde otras sombras después de dejar un ramillete de violetas enganchado en el picaporte del portón de entrada. Luego se alejó de la casita, seguido por un perrito callejero que correteaba en la cuadra. La pampa se tragó a los dos, regalón y chusquito.

A la mañana siguiente, recién pasadas las nueve, un traqueteado Dodge se detuvo frente a la casita, precediendo a un camión de mudanza que no dejó de jadear hasta que se detuvo. Los ocupantes del automóvil descendieron y comenzaron a sacar bultos del baúl, entre ellos, un estuche de guitarra.

Ambos eran bien mayores. Él lucía calva y algunas canas piadosas le cortinaban la nuca. Ella, gestos suaves y voz baja. Sin afeites, zapatos con taco bajo, se ayudaba con un bastón al caminar.

Al llegar al portón vieron el ramillete. Se le nublaron los ojos. Temblando de emoción dijo con un hilo de voz: Mirá viejo, nos dejaron flores… ¿Quién pudo ser tan cordial?

Fue entonces que una vecina, que los miraba curiosa desde su ventana, les dio la bienvenida: Habrá sido el pueblo señora. Imagine, ustedes son la esperanza…

Desde esa mañana, luminosa como pocas, todos dieron en llamar a la casita por ese nombre: La Esperanza.

Y la casita milagrera cumplió los sueños de tantos. Sueños perfumados por una magnolia que nunca abdicó su reinado. La esperanza podrá morir, de pura humanidad nomás, pero nunca sabrá de renunciamientos ni dobleces serviles.


Calificación:  Malo Regular Bueno Muy bueno Excelente Excelente - 1 voto  - Ingresá tu voto

Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
01/10/11 | 07:35: Elena A. Navarro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente me gusto mucho.
neivarro@gmail.com
 
Últimas entradas del mes
29/07 | 11:28 El guía
27/07 | 13:29 La Revancha de Lugo
23/07 | 18:36 Epipremnum aereum
23/07 | 18:35 Mundo canalla 4
20/07 | 17:05 Los Zuviría
10/07 | 00:42 La entrevista
05/07 | 12:00 Mundo canalla 3


Radio La Quebrada Radio de Tango Indexarte Escribirte OccidentesEscuchanos
Noticias | Efemérides | Novedades | Biografias | Textos | Audio | Recomendados | Entrevistas | Informes | Agenda | Concursos | Editoriales | Lugares | Actividades | Blogs | Letras de Tango I | Letras de Tango II | Contacto | Boletín
© 2006-2020- www.escribirte.com | Todos los derechos reservados   | Diseño Web | Canales RSSRSS