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Luis Alberto Schor
Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Amar es dar libertad, esa es la premisa a respetar.
Puedo admitir un Dios creador, lo que no creo es que precise intermediarios.
Si un niño pasa hambre, ese es el infierno, si tus ojos me miran, ese es el cielo.
Para conocer el regocijo del retorno, primero me fuí...
Cuando todo parece acabado, vacío, siempre me quedan tangos y silencios. Entonces elijo.
Si me cortan las alas, floto, floto...no me pueden alcanzar.
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Aquel poema olvidado


Es un desván, territorio de ilusiones, de caos.
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Livianito



Livianito

 

Hay días con horas amables. Sientes que estás en una situación inmejorable para escribir y te dispones a hacerlo. Te sientas frente a la máquina, dejas que el cuerpo se relaje y pones toda tu atención en la hoja en blanco. Tu mente comienza a recordar temas posibles, historias, alguna frase que podría sugerir algo: un poema, un crimen, una carta. Pero es inútil, la hoja se mantiene inalterada y vacía.

Tus pretensiones de escribir algo trascendente se quedan en eso, pretensiones.

Con un poco de autocrítica alcanzas a recordar. Nunca has escrito nada trascendente. Quizás, alguna vez, has escrito algo aceptable, sé condescendiente, algo bien escrito. Pero de ahí a trascendente…Vamos, eso te excede.

Vuelves al inicio, tú, sentado//da frente a la hoja; la hoja, tan blanca que da tirria. Te vuelves a relajar, cierras los ojos, recuerdas que la hora es amable, propicia. Te serenas. La cuenta regresiva a partir del 1638, parece surtir efecto al llegar al 496. De ahí hasta el cero, el descenso te va lavando las neuronas. En el cero, surge la idea luminosa ¡Desde ahora dejo de fumar!

NOOO QUERIDO/DA MÍO/ÍA, te has sentado a escribir, no a delirar. Ves, hay que dejar que se sequen las neuronas después de lavarlas, date tiempo. A ver, inténtalo de nuevo. Desciende comenzando esta vez desde el 54, vale.

Ahí comienza, despacito, es una culebra que se desliza sobre la hierba. No la espantes. Déjala moverse. ¿La vas viendo venir? Está más cerca, avanza con recelo. Pero viene. Puedes comenzar a flexionar índice y anular. Tranquilo ¡No toques el teclado, todavía no! Respira hondo y enciende un cigarrito. Esooo, bien profundo. Está llegando…

Ahora la tienes ante ti. ¡Mírala bien! No era culebra, es algo peor, mucho más peligroso. Esss…una pregunta.

Aplaudes una vez, con tremenda fuerza. Y piensas. ¿Por qué lo primero que se me ocurre tenía que ser una pregunta? Estás viendo el porqué de la peligrosidad.

Las preguntas no vienen solas, arrastran otras preguntas. Pero calma, recuerda que son horas amables. Que no te gane el desespero. Quédate con la primera pregunta. ¿Cuál era? Ah, si ¿Qué es la felicidad? Pavada de pregunta. Otro cigarrillo puede ayudar…

Apoya el índice sobre la L, si, con mayúscula. Ya está ¿has visto? En la pantalla la hoja blanca tiene una mácula con forma de L. Ahora puedes seguir solo/la. Y lo haces…

La felicidad es un estado de ánimo que eleva el espíritu de… ¡NOOOOOOOO, así no! ¿Qué estás escribiendo? ¿Un Manual para políticos? Escribe libre, livianito, es un juego. Después veremos si el lector se acopla al juego o no. Problema suyo. Tú, como pluma al viento; sin pretensiones. A ver, vuelve a comenzar. La idea que tengo de la felicidad es que se trata de un suceso impensado, algo que ocurre y nos alcanza sin que hayamos hecho nada especial para que suceda, nada extraordinario y mucho menos, planificado.

Ejemplo: planificas un viaje por Europa; ciudades, hoteles, aviones, trenes, etc, etc…Ahorras el dinero necesario, pagas, vuelas. Todo sale bien, de acuerdo a lo planeado. En oportunidades, hasta mejor. Bien, vuelves a tu casa. Te preguntan como te fue. Respondes ¡Muy bien!

-¿Estás contento?- vuelven a inquirir

-Siiii- lo dices con satisfacción

-¿Eres feliz?- insisten los interlocutores. Y túuu…:

-No ¿Por qué iba a estar feliz? Si todo fue planificado. ¿Salió bien? Es cierto. ¿Y qué? Ya sabía- los has dejado pasmados. Arbolitos secos a la vera del camino.

 

Contraejemplo: un sábado de verano te despiertas a las diez de la mañana. Te sientes bien. Ya bajo la ducha, ves el agua correr y en tu mente surge la imagen del río. Estás tomando el café cuando te  preguntas: ¿Hoy tengo algo que hacer? y tomas tu cuarta pastillita. Te respondes con una negativa. Con la séptima pastilla comienza a suceder. Apagas el celular. Remerita, shorcito y ojotas. El auto, la autopista, vas respetando los límites de velocidad, nadie apura, nadie espera. Tú y la vida ¿Qué más? Tomas uno de los quince desvíos hacia el río, sin fijarte cual era. En diez minutos, que parecieron cinco, el río, lanchas, veleros. Estacionas. Caminas por la orilla buscando la sombra. Cada tanto te sientas en un banco o sobre el césped.

Comienzas a tomar conciencia de que estás sonriendo. Te place sonreír.

Comes algo en un restaurante. Abonas la consumición y dejas una modesta propina. Te marchas de ahí, sonriendo. Vuelves a la orilla y te recuestas contra un árbol, los ojos entrecerrados. El murmullo del agua.  De pronto comienzas a reír, fuerte, francamente.

Una pareja que está cerca de ti te mira y ella, más resuelta, te pregunta:

- ¿Sucede algo que lo haga reír así, señor/ñora?- lo dice con extrañeza

- Sí, estoy feliz…

 

Viste, ya está el texto, sin pretensiones ni rebusques. Intrascendente. Livianito…

 


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