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Luis Alberto Schor
Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Amar es dar libertad, esa es la premisa a respetar.
Puedo admitir un Dios creador, lo que no creo es que precise intermediarios.
Si un niño pasa hambre, ese es el infierno, si tus ojos me miran, ese es el cielo.
Para conocer el regocijo del retorno, primero me fuí...
Cuando todo parece acabado, vacío, siempre me quedan tangos y silencios. Entonces elijo.
Si me cortan las alas, floto, floto...no me pueden alcanzar.
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Exelente tu prosa, poética y bella. Te mando un saludo Elena
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Aquel poema olvidado


Es un desván, territorio de ilusiones, de caos.
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Cuando la lluvia cesa



Cuando la lluvia cesa

 

Los ecos del último trueno hace rato se han apagado. Las nubes, que antes mostraban su capa de plomo, ahora han tomado un tono gris más claro. Están cayendo las últimas gotas de lluvia y los vidrios del ventanal suenan como un piano ejecutado con un solo dedo percutiendo una única tecla. Los golpecitos son cada vez más discretos, aislados. Después de algunas horas la lluvia ha cesado y en el interior de la casa se va esparciendo el olor a tierra mojada con el que el jardín invita a visitarlo y gozar del aire purificado tras la tormenta. Pero yo no puedo salir de la casa.

El que sí salió fue Eladio; cuando hay lluvia, le gusta encerrarse en el cuartito, ese con techo de chapa metálica que su padre construyó para guardar los elementos de jardinería y otros cachivaches, entre ellos las bicicletas. Eladio me contó que cuando llueve, el se sienta en su bici y sueña que va pedaleando rumbo a las nubes, a contramano del agua que cae. Dice que es el único niño del mundo que bicicletea en vertical, el único que atraviesa la atmósfera y se enfrenta con las estrellas, cara a cara; que no hay soledad más bella que esa…

Un día, le pregunté si podría acompañarlo en esas excursiones. Me dijo que no, que mi lugar era el interior de la casa, y que nunca lo olvidara, porque si en alguna oportunidad se me ocurriera salir, simplemente desaparecería, dejaría de existir.

Así de claros me pone los límites Eladio. Y no es que se enoje cuando lo hace, de ninguna manera. Me habla con un tono absolutamente serio y monocorde, cómo se lee una instrucción en el manual de utilización de un equipo. Creo que es conveniente informarles que Eladio tiene ocho años y medio, pero cuando las circunstancias lo exigen, se comporta como un adulto responsable.

También debo contarles que una de las actividades que me son permitidas, siempre en el interior de la casa, por supuesto, es esta, escribir. Lo hago cuando Eladio está fuera de la casa, o durmiendo. Para distraerme. Porque yo nunca duermo, no lo necesito. Tampoco necesito comer, pero lo hago cuando él me lo pide. ¿Qué como? Verán: el niño tiene cierta insuficiencia hepática; el pediatra ha recomendado que no ingiera chocolate, dulce de leche, manteca, frituras, quesos  o pescados grasos. Julia, su madre, siempre deja en la heladera zanahoria rallada o cortada en trocitos, ensalada de frutas y, un queso blanco de bajo tenor graso y escasa sal. Justamente, ese es el queso que Eladio odia, entonces, para no preocupar a su mamá, me pide a mí que lo coma; dos fetas gruesas por día. Yo cumplo con el pedido y tanto Julia como su hijo evitan discusiones y lamentos. Al fin de cuentas, el sacrificio que hago no es tan grande, aunque comer ese queso es como tragar masilla envejecida.

Como les dije, ahora estoy escribiendo. De tanto en tanto, atisbo por la ventana para ver si mi amiguito regresa, se debe haber ido muy lejos y muy alto con su bici. O alguna estrellita mimosa lo está entreteniendo con la historia de sus amores.

En el afán de contarles olvidé presentarme, me llamo Lito. Perdonen mi torpeza.

En realidad, el único que me llama Lito es Eladio. Bueno, el único que me llama es Eladio; siempre fue y será así. Me llamó Lito desde la primera vez que me vió; que, dato curioso, fue la primera vez que yo vi algo: a él. Eso ocurrió un día tormentoso, como el de hoy. Eladio se había pasado buena parte de la tormenta llorando, sentado frente a la ventana. Estaba muy triste porque la abuela le había dicho que su mamá había perdido el embarazo; que esperara a que los padres volvieran de la clínica; que era una pena que no pudiera salir a jugar a causa de la tormenta; que viera televisión si tenía ganas. Pero él no tenía otras ganas que las de llorar. No entendía como se podía pasar así como así, de esperar un hermanito a no poder esperar nada. Claro, era muy chico en esa época, tenía menos de seis. Parece mentira pero nos conocimos justito cuando paró de llover. Dejó de llorar y mirando las gotitas pegadas al vidrio, sin darse vuelta, me dijo: Vení Lito, vení a mirar como ya no llueve. Y me miró por primera vez, y yo a él.

Voy a tener que dejar de escribir, allí viene Eladio. Debe haber conversado mucho con las estrellas. Digo, porque se lo ve animado. Lo único que espero es que se haya olvidado de que todavía no comí mi ración del horrible queso, que lo dejemos para la noche. Entró, tengo que dejarlos por el momento, se nota que quiere jugar a una de nuestras terribles guerras de almohadas. Como de costumbre, lo voy a dejar ganar. Seré un tanto raro, pero quiero mucho a ese pibe. Casi como si fuera mi razón de ser.

 


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Comentarios de nuestros lectores - Escribí tu comentario
15/03/12 | 08:54: Elena A. Navarro (Falta tiempo para tanto decir) dice:
Exelente relato, muy bien narrado y te aseguro que me atrapó tanto que no podía perderme una palabra.Saludos.
neivarro@gmail.com
 
12/03/12 | 18:03: Alberto Ehemos una mirada dice:
Luis sos un relator exelente... Abrazo
albebis@hotmail.com
 
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