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Luis Alberto Schor
Autónoma de Buenos Aires - Argentina
Amar es dar libertad, esa es la premisa a respetar.
Puedo admitir un Dios creador, lo que no creo es que precise intermediarios.
Si un niño pasa hambre, ese es el infierno, si tus ojos me miran, ese es el cielo.
Para conocer el regocijo del retorno, primero me fuí...
Cuando todo parece acabado, vacío, siempre me quedan tangos y silencios. Entonces elijo.
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El extremeño



El extremeño

 

4 y 10 de la mañana: se levanta sabiendo que le es imposible conciliar el sueño. Solo había permanecido quince minutos acostado. El intento de relajarse con los ojos cerrados no sirvió. Nunca servía, pero igual lo intentaba. Se puso una remera pero evitó los pantalones. No abandonaba la esperanza de la aparición del sueño. Quizás, en una o dos horas, los párpados comenzaran a pesar. Decidió conectar la computadora para buscar datos de Extremadura.

 

No sabía bien el porqué, pero tenía que ser de Extremadura. Tal vez la clave estaba en el significado que le asignaba al nombre. Para él, Extremadura quería decir en el extremo. Necesitaba que su personaje tuviera ese origen, un hombre nacido en el extremo. Un tipo que hubiese vivido circunstancias extremas. La vejez es una circunstancia extrema; el personaje debía ser viejo por fuerza. Pero no bastaba con eso. La guerra es otra situación límite. El viejo tenía que haber vivido y combatido en una guerra. Extremadura, viejo, guerra. Todo remitía a la guerra civil española. La definición del bando estaba cantada, el personaje tenía que ser querible, arbitrariamente querible si así lo quieren, entonces, sería republicano. Ya estaban definidas las características del personaje: viejo extremeño que de joven participara de la guerra civil española combatiendo en una brigada republicana. Ahora había que armar el cuento…

 

4 y 45: ahora podía visualizarlo: alto y un tanto encorvado, como uno piensa que debe serlo alguien que pasó los noventa; la tez bronceada y el cabello ralo, bien blanco. Debió ser rubio en su juventud. El tener la imagen del otro in mente lo mueve a ir a mirarse en el espejo del baño. Quiere compararse, pero al ver su propia cara desiste. La suya es una cara hinchada, ojos enrojecidos y el pelo parado por el contacto con la almohada. La del otro emana dignidad. Imposible comparar. Apaga la luz del baño pero se queda parado frente al espejo. Cierra los ojos con fuerza. Quiere mirar hacia adentro. Se busca y no se encuentra; ya ni recuerda cuantas semanas hace que no se encuentra. Lo de esta noche es una reiteración de tantas otras. No poder dormir hasta que no despunta el alba, ese solitario que de pronto aparece en su cabeza y por más que trata no consigue detener. Naipes que se mueven solos, pasando de una hilera a otra. No puede parar esos movimientos ni borrarlos. Semanas hace que sucede. Su vida se ha convertido en un solitario que no tiene fin ni solución. Y ahora pretende escribir un cuento…

 

Ya tiene al protagonista. Es un viejo español, ex combatiente republicano, nacido en una aldea cercana a Cáceres, en Extremadura. En la actualidad vive en Mendoza.

Pero para que sea cuento debe existir un conflicto: decide que sea generacional. El antagonista va a ser un adolescente de diecisiete años, Joaquín. El pibe odia a los viejos, piensa que hay demasiados, ocupan mucho espacio, y, sobremanera, odia a José, el extremeño. Cree que José es el más taimado de todos los viejos porque casi nunca habla del pasado, no se queja de su salud, no cuenta dolores ni enfermedades, no dice que no le alcanza el dinero para vivir. En fin, es un tramposo.

El abuelo de Joaquín, era Joaquín Iruña, hermano mayor de José. Uno o dos años más grande.

Abuelo Joaquín murió en el 2005. Joaquín nieto admite que José lloró cuando murió Joaquín. Pero recuerda que nunca más lo nombró. Es así, para el pibe, ese viejo hace trampa…

 

5 y 30: es inútil, hace más de una hora que está escribiendo y el sueño no se digna hacerse presente. Para colmo de males, le cuesta hilar pensamientos. Otro síntoma, parece que todo se le ha fragmentado. Solo puede recoger esquirlas que se deshacen entre los dedos como si fuesen copos de nieve. Algo debió estallar en esa cabeza suya. Acusa y se acusa. Mejor intenta continuar con el cuento. Ese viejo anarquista parece que tiene algo interesante para decir…

 

Los personajes están presentados, el conflicto está claro, al menos para el pibe. A lo mejor, el desarrollo le permita al viejo expresar su posición, si es que tiene alguna.

José ha venido a la Capital para visitar a su familia. Es raro que haya elegido Pascuas para hacerlo, el siempre ha repudiado todo lo referente a la iglesia y sus fiestas. Pero esta vez llegó el jueves santo y anunció que se quedaría hasta el domingo. Como siempre, trajo consigo cuatro cajas del cabernet producido en su pequeña finca viñatera, aquella de San Rafael. Una delicia ese vinito, hacía cantar las gargantas más remisas. En las pocas ocasiones en que los visitaba, solía dormir en el pequeño cuarto de huéspedes de los Iruña.

Pero ahora, Mario, el hijo de Joaquín y padre de Joaquín, dispuso que durmiera en la habitación que había sido de los abuelos hasta su muerte. Quería que el tío estuviese lo más cómodo posible. Además, la antigua casa  de Merlo había sido comprada por los viejos en el 58. En el almuerzo del viernes, José anunció que había vendido su propiedad en Mendoza. Había venido a despedirse pues retornaría a esa España que nunca había vuelto a ver desde su huída. Dijo que eligió hacerlo ahora, sabía que las cosas estaban mal allá y prefería morir peleando. Aunque más no fuese, de palabra. ¡Pero peleando…!

 

6 y 05: reconoce que la historia lo ha absorbido. Siente envidia por el personaje. Vuelve a compararse con el extremeño. Ese viejo sabe que hacer con su vida; yo ni siquiera sé cuando voy a poder dormir. De nuevo, la desventaja lo mortifica. Comienza a intuir que dormir ya no es tan importante. Que la historia ofrece propósitos que hasta entonces le habían estado vedados. Va a buscar el felpudo para que sus plantas desnudas no sientan el frío cerámico del piso. Hasta piensa que no le vendría mal un cafecito. Si me muevo, estoy vivo. Eso piensa, y celebra el pensamiento como si hubiese podido sacarle café a las piedras. No encuentra al felpudo; lo reemplaza por un trapo de piso. Camina arrastrando el trapo con los pies agradecidos por la tibieza. Primero el café, después…

 

En la noche del sábado, toda la familia se ha retirado a dormir después de cenar el resto de bacalao que quedó del almuerzo. Joaquín está sentado, mirando televisión en el living. Hace tiempo hasta que sus amigos pasen a buscarlo para ir a bailar. De pronto, José irrumpe y con su voz cascada le dice:

- Disculpa, no puedo dormir y vine a distraerme un poco.

- ¿Qué le pasa tío?

- Nada hijo, nada. Es que tengo rabia. Mucha rabia.

- ¿Por? Si se puede saber,…digo

- ¿Es que no te das cuenta? ¡Coño, otra vez lo mismo! Es de nunca acabar

¿Qué es lo que nunca acaba? ¿Qué mierda pasa?

- ¿Pero en que mundo vives, chaval? Pasa que de nuevo ellos, los malditos franquistas. Eso pasa. ¿O crees que todo es ir de bailes? Y como antes, los nazis les dicen que hacer.

Escucha bien, a ver si se te aviva el seso. Hace ochenta años, nos mataban a balazos y los nazis colaboraban graciosamente con sus bombardeos. Ahora, nos quieren matar de hambrunas, y la maldita alemana colabora con discursos y órdenes de restricción. Por eso tengo rabia. Por eso vuelvo a pelear.

- Pero usted es un viejo. ¿Desde cuando los viejos se van a la guerra?

- Desde que me pusieron dos neuronas en la cabezota y sangre en las venas. Desde ahí.

- Pero usted era el que nunca se quejaba…

- Sí, no me quejo. Si algo no me gusta, peleo. ¿Te parece mal?

- No, disculpe tío. Es que no sabía…

- Bueno Joaquincito, ya vas sabiendo. Ojalá nunca tengas que pelear. Deja que sea yo quién lo haga. Pero despierta hijo, despierta, que estos buitres vienen a por todos nosotros.

- Si tío, perdone tío.

- Nada querido, que no tengo nada para perdonarte.

- No tío, usted no sabe.

- No creas, seré un viejo arruinado, pero sé un poco más de lo que supones. Vale, todo pasa hijo. Todo pasa. ¿Sabes que me pregunto? ¿Estará todavía en pie mi aldea? ¿Tú que piensas?

- Tío, pienso que ustedes siempre están de pie. ¡No hay quién los tumbe!

 

7 y 05: se imagina el rostro sonriente del pibe. Ahora comienza a sentir orgullo. El viejo lo sacudió como nunca nadie antes supo hacerlo. Piensa que ese es un buen final para el cuento. Claro, todavía hay mucho trabajo pendiente, corregir, depurar, leerlo en voz alta por lo menos tres veces. Pero el final lo satisface, nada melanco. Es más, piensa que los personajes poco tienen que ver con él. El pibe, porque es un pibe como él no lo fue. El viejo, bueno, el viejo tiene otra madera, no se gasta en discursitos. Siempre mira al frente.

Y a él le cuesta mucho mirar al frente. Tiene miedo. Por eso no puede dormir. El miedo…

 


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